En un viaje en ferrocarril que compartían, García Márquez le escuchó decir a Carlos Fuentes mientras éste se miraba una mañana al espejo: “Coño, lo que me jode a mí de los trenes es lo viejo que amanece uno.” Eso ocurre durante la convalecencia, la cual es un largo y lento tren, que parsimoniosa y maquiavélicamente lo envejece a uno todos los días.

Me miro al espejo después de cruzar heroicamente la distancia entre la cama y el lavabo.

No son muchos pasos, pero lograr el equilibrio exacto sobre las muletas resulta ser un malabar excesivo para un neófito como yo. Bueno, habrá que decir que no soy primerizo en el arte de columpiar mi humanidad sobre los pilares de aluminio, pero la última vez que tuve que recurrir ellas ocurrió hace ya casi quine años. En fin, que logro bambolearme torpemente, amortiguando mi trastabille con las paredes y golpeando el quicio de la puerta al entrar al baño.

Le sostengo la mirada a un Yo avejentado en demasía durante la última semana. Un poco más, diez días, los cuales he pasado postrado por un tobillo fracturado y el quinto metatarso partido en tres; todo, en el pie izquierdo. ¿La causa? Un paso en falso al bajar la escalera con prisa; brinqué el último peldaño, el piso me esperaba con malicia. “Mi mal paso”, dicen mis amigos cercanos. Un acting, dice la Flaca mientras me lleva al hospital sorteando con habilidad el ya denso tráfico pachuqueño.

Tras un par de horas entre la sala de espera, el cuarto de radiografías, la consulta, una placa que no muestra con claridad los infames husitos partidos de la extensión de meñique del pie, el regreso a tomar la placa, el médico que me explica con detalle y serenidad lo que ocurre, sus riesgos y peor, lo que va a ocurrir: de seis a ocho, tal vez doce semanas de inmovilidad, dependerá de la alimentación, los cuidados, la paciencia. Vuelvo a casa con el pie inmovilizado hasta la rodilla y la condena escrita a máquina en una receta.

Asiduo cliente a las férulas, yesos y tornillos, tras catorce fracturas no debería molestarme la incomodidad, el esfuerzo extraordinario por tratar de hacer la vida normal con una pierna inútil, el dolor que de pronto aparece con una aguja que se encaja en el hueso al intentar un movimiento excesivo; no debería, pero por momentos se vuelve una monserga.

Mire que disfruto estar en casa, trabajando desde la laptop, teniendo a la Flaca a tira de piedra mientras da consulta, comer juntos, leer, escribir, volver a la laptop para atender cosas extraordinarias del trabajo, no tener que asomar las narices a la calle ni por equivoco. Pero saber que hoy no tengo opción, que ir a algún sitio implica más que solo coger la back pack y subirte a la bicicleta. Tal vez el encierro se disfruta cuando se conoce que existe la libertad de salir pero que se elige por vocación el claustro.

Sin embargo, la indicación irreductible de guardar reposo es el lacre a “mi año de pandemia”; muy a mi pesar desde hace un par de meses había tenido ya que salir al laburo, al momento de irme ya ansiaba volver a casa y lo hacía en cuanto podía, organizando el trabajo para poder permanecer algunos días en aislamiento. Ahora, forzado, he regresado al encierro absoluto y, a pesar de las incomodidades, una parte de mi corazón da albricias por ello. Al menos, pasaré el resto del año y las primeras semanas del próximo encerrado (siempre y cuando el bicho maldito claudique significativamente, si no, podrá ser más tiempo), debatiéndome entre escribir desde la cama o emprender el descenso al sillón más cómodo de la sala.

Le debo una disculpa, estimado lector, yo venía sólo a explicar una de las razones por las que, en las semanas anteriores, no había podido escribir esta columna. Aprovecharé el “descanso” para ponerme al corriente y no abandonar de nuevo, paseando los ojos de la pantalla de la computadora a mi fragmentado pie izquierdo que sobresale de la manta que me echo en las piernas para sosegar el frio… y el envejecimiento.