Inicio la presente colaboración recordando al gran monero mexicano Eduardo del Río, mejor conocido como Rius, creador de las revistas del género de historieta y humor: Los Agachados y Mis Supermachos. A él se debe la expresión “la panza es primero”.

La definición sobre este tema, ha ido evolucionando a partir de su primera aceptación en las décadas de 1960 a 1970, que se entendía como: “la capacidad para satisfacer las necesidades de alimentos en forma consistente”.

La Cumbre Mundial sobre Alimentación, celebrada en Roma en al año de 1996 la definió así: “existe seguridad alimentaria cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a los alimentos, a fin de llevar una vida activa y sana” (FAO, 2018).

En esta afirmación destacan dos situaciones que han presentado una situación recurrente: la disponibilidad y el acceso.

La disponibilidad de alimentos es la existencia suficiente con calidad adecuada, suministrados por medio de la producción de cada país o mediante importaciones, es decir, que los haya al alcance de la población, durante todo el año.

El acceso a los alimentos significa que las personas tengamos los recursos adecuados, para adquirir alimentos apropiados y de calidad para una nutrición que sea nutritiva y sana. Es la capacidad que existe en el hogar para la adquisición de los alimentos necesarios o básicos.

Se agrega a las dos condiciones anteriores, una tercera, que es la utilización o consumo adecuado de los alimentos.

Nuestro país presentó en el año 2019 una producción alimenticia estimada en 293 millones de toneladas de alimentos. Destacan como los de más producción agrícola: el maíz, aguacate, avena, alfalfa, pastos, sorgo, caña de azúcar, tomate, chile verde, papa (agrichem.mx con datos de la SADER).

En la producción pecuaria: leche de bovino y caprino con 12 mil 437, millones de litros; carne de cerdo, con 1.6 millones de toneladas; pollo, pavo y huevo con 6.45 millones de toneladas. En esta área ganadera se encuentran destinadas un promedio de 109.8 millones de hectáreas y trabajan en ella un promedio de 940 mil personas (con datos al 2019 de procicultura.com).

En la avicultura se tuvieron 363.5 millones de pollos de engorda por ciclo; 205 millones de gallinas de postura y 671 mil guajolotes (avicultura.com).

En números globales nuestro consumo Per Cápita anual es de 31.5 Kg de pollo; 23 kg de huevo y 1.4 Kg de pavo.

Y por supuesto, “no tocamos mal las rancheras” con la exportación de cerveza y tequila.
Como país estamos comprometidos con 12 tratados de libre comercio con 46 países y ocupamos el 7° lugar mundial en producción pecuaria.

No obstante, también importamos alimentos y aunque nos sorprenda, importamos maíz amarillo y soya, en maíz blanco somos autosuficientes, también importamos arroz, que es nuestro mayor déficit y trigo panificable; leche en polvo.

La reflexión en esta ocasión es precisamente el título de la columna, pues se entiende que la seguridad alimentaria vendría de una correcta política alimentaria y nutrición, que se define como “aquellas que tienen como principal objetivo garantizar que la población pueda tener acceso a alimentos que le permitan satisfacer sus necesidades y cumplir con los requerimientos nutritivos para una vida saludable” (Instituto Nacional de Salud Pública,2007, p.91).

Sin embargo, algo sucede con esta política, que, como hemos mencionado en otras ocasiones, los números no cuadran. Así el Coneval dio a conocer que el 44.5% de los mexicanos no percibe lo suficiente para pagar el costo de la canasta alimentaria, por lo que en promedio 57 millones de mujeres, hombres y niños no pueden consumir el mínimo necesario por día en nutrientes y calorías, lo que deja en pleno riesgo su salud, su fortaleza y actividad, es triste expresarlo, pero se encuentran desnutridos y sufren de hambre.

Entonces: ¿Qué pasa con la soberanía alimentaria?

Nos leemos en la próxima
Galdino Rubio Bordes garubo58@gmail.com