Y por fin, llegó a México el tan temido coronavirus de Wuhan, bautizado Covid-19 para no herir la susceptibilidad de los chinos. Y aunque apenas van cuatro casos confirmados y al parecer bajo control, no faltan los que temen que la pandemia cobre vidas y se aprestan a comprar cubrebocas, guantes y gel antibacterial.

No obstante, pareciera haber confianza en que el asunto no trascenderá o que sus consecuencias no serán mayores que las que se viven en otros países.

Y es que cuatro contagios es nada si se compara con China, donde 80 mil personas padecen la enfermedad y la cifra de muertos asciende a casi 3 mil. Nada que ver con Corea del Sur y sus 4 mil contagios que han cobrado la vida de casi 20 personas.

Tampoco se puede comparar con Italia, sus mil 700 contagios y más de 34 muertos. Aún en Estados Unidos, Australia y Tailandia ya registran víctimas mortales. Y si se compara con Brasil o con cinco casos positivos en Ecuador, diríamos que México no va tan mal. Y no ha habido víctimas fatales. Aún.

¿Cómo recibir a este visitante indeseable? Si consideramos las frecuentes quejas de falta de medicamentos en el Instituto Mexicano del Seguro Social y las dudas de que el Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi) haya sustituido de manera eficiente al Seguro Popular, se entiende el pesimismo y natural escepticismo de que el virus sea eficazmente combatido en nuestro país. Y si lo comparamos con el alarde de tecnología y capacidad de respuesta que el gobierno chino ha mostrado, al construir en tiempo récord un hospital sólo para atender esta enfermedad (con los resultados arriba descritos) se entiende aún más el pesimismo y la falta de crédito hacia las autoridades de salud.

En estos casos, que disminuyen nuestra autoestima por debajo de la Franz Kafka, nuestra salida normal es siempre la misma: el autoescarnio o por lo menos el chiste que busca reírse de nuestras debilidades. Y cómo no, si ante la amenaza viral nos preparamos para curarnos con tequila, con remedios caseros o con medicinas tradicionales que están muy cerca del té de la abuela o la miel con limón. Porque un remedio mejor que la herbolaria tradicional o el jarabe de ajolote es hacer chistes, echar desmadre y esperar que la pandemia pase de largo y nos ignore milagrosamente.

Porque lo cierto es que en México tememos menos a este novedoso virus que al problema de los homicidios dolosos, que durante el año 2019 cobró la vida de ¡95 personas al día! Menos que a la recesión, que el año pasado dejó el crecimiento económico en cero por ciento y que este año tiene perspectivas aún peores. Y menos que al desempleo abierto (que sigue aumentando a más del 3.6 por ciento del total de la población) o a la inseguridad provocada por feminicidios, asaltos y al pago de la extorsión llamada “cobro de piso”.

Si hemos sobrevivido a todo esto, el coronavirus nos hará lo que el viento a Juárez. O será la menor de nuestras preocupaciones. ¿Cuál será la estrategia ante la pandemia mundial? Somos mexicanos: aguantarnos. Y echarle huevos a la comida.