Toledo

Un día lo vi en el centro de la ciudad de Oaxaca; después de escuchar la voz cantarina de los vendedores de artesanías de la plaza principal, me sorprendió el tono grave de Francisco Toledo, quien platicaba con una promotora cultural que era su amiga. Algo le incomodaba a él, de algo protestaba; ella lo escuchaba y luego reía. De repente el artista plástico se puso de pie y salió del restaurante donde el gobierno estatal ofrecía una comida a representantes de las áreas culturales de casi todo el país. El artista plástico salió del lugar con una prisa que le surgió de quién sabe de dónde y caminó ensimismado en sus preocupaciones.

Según la galería Inverarte (Inversiones Arte Mexicano), Francisco Toledo, quien falleció el 5 de septiembre pasado, se consideró a sí mismo originario de Juchitán, Oaxaca, la tierra de sus raíces culturales y afectivas, aunque en realidad nació en la Ciudad de México en 1940, según sus propias palabras: “Nací en la Ciudad de México por accidente […]. Uno es de donde se siente”.

Su familia era nativa de Juchitán; sus padres, Francisco López Orozco y Florencia Nolasco hablaban español y zapoteco. Primero residieron en Ixtepec, Oaxaca, tiempo después se mudaron a Arriaga, en Chiapas, de ahí se movieron a Coatzacoalcos y después a Minatitlán, en Veracruz, de manera que Francisco Toledo vivió gran parte de su infancia en Oaxaca y en aquella zona del sur de Veracruz.

“Cursaba el cuarto año de primaria en la escuela pública José María Morelos, en Minatitlán, cuando ganó un concurso de dibujo con un retrato de Benito Juárez, haciendo patente desde entonces su facilidad para dibujar”.

A los doce años de edad ingresó a la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca, en la capital, donde hizo contacto por primera vez con las artes gráficas, en la cátedra y el taller de grabado fundados por Arturo García Bustos. En la biblioteca escolar tuvo sus primeros acercamientos cruciales con el arte y la literatura a través de los libros, conociendo la obra de artistas plásticos como William Blake, Pablo Picasso, Henri Matisse, Paul Klee, Joan Miró, Marc Chagall, Diego Rivera, José Clemente Orozco y Rufino Tamayo, entre otros, así como las imágenes de Manuel Álvarez Bravo, pionero de la fotografía moderna de México.

Inverarte presume que probablemente en esa época Francisco Toledo haya confirmado su vocación artística, no sólo en relación con el dibujo y la pintura, sino también con la fotografía. Según palabras de Toledo: “Yo ya quería ser pintor, pensaba que eso era lo que quería”.

En 1956 se traslada a la Ciudad de México donde ingresa al curso de litografía que había en la Ciudadela y que impartía el maestro Pedro Castelar Báez, quien había sido litógrafo en la fábrica de cigarros El Buen Tono. En ese recinto se encontraba también el Taller de Integración Plástica, fundado por José Chávez Morado en 1949. Más tarde, en 1961, con la conjunción de ambas escuelas se crearía la Escuela de Diseño y Artesanías (EDA) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) que inició actividades en 1962. En 1957, también en la Ciudadela, realizó un grabado en el taller del colombiano Guillermo Silva Santamaría.

En 1959, por conducto del artista Roberto Donis, conoció al galerista Antonio Souza, presentándole algunos dibujos, acuarelas y grabados. El galerista de inmediato se mostró interesado y ese mismo año le organizó a Toledo dos exposiciones individuales: una en su propia galería y otra en el Fort Worth Center, en Dallas, Texas. Con las ganancias obtenidas por la venta de esas muestras, Antonio Souza le recomendó ir a Europa a ver museos.

En 1960 por medio de su padre, viaja a Europa; primero a Roma y a Venecia, y después a París, donde se establece en un albergue para estudiantes y al poco tiempo en la Maison du Mexique (Casa de México) en la Cité Universitaire, por recomendación de Octavio Paz. Entabló amistad cercana con Rufino y Olga Tamayo, afincados en París desde 1949.

Durante los primeros meses de Toledo en la capital francesa, contó con su generoso apoyo. Cuando la pareja se disponía a regresar a México definitivamente, Tamayo le regaló a Toledo sus herramientas de trabajo, además de conseguirle un apoyo económico financiado por la española Rafita Ussia.

Posteriormente galerías de Estados Unidos, Reino Unido, Suiza, Francia, Alemania, Noruega y México abren sus puertas a la obra de Francisco Toledo. En 1965 abandonó París y se instala en Ixtepec, Oaxaca. En búsqueda de sus orígenes, ese mismo año se trasladó a vivir a Juchitán. Desde entonces empezó a adquirir un fuerte compromiso con su tierra. Trabaja en pintura, acuarela, dibujo, escultura, cerámica y tapices que realiza con los artesanos de Teotitlán del Valle, Oaxaca. En 1980 presenta una magna exposición que incluye las diversas técnicas que maneja en el Museo de Arte Moderno de México.

El pintor murió el 5 de septiembre y representantes del mundo cultural lamentaron su muerte y desearon que su partida no dejara en la orfandad a Oaxaca, estado por el que luchó para mantener su dignidad, tradiciones, paisaje y vocación.

Geoprginaobregon433@gmail,.com; T: @Georobregon

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