Un muy lamentable hecho de violencia se presentó el pasado 10 de junio en la Ciudad de México, luego de que un joven que llevara el nombre de Norberto Ronquillo fuera secuestrado y asesinado (a pesar de pagar el rescate) el mismo día.

Este acto deleznable incide directamente en la percepción de la violencia y criminalidad de la capital de México. No hace mucho, este delito se convirtió en un verdadero “talón de Aquiles” para las autoridades porque a nivel nacional alcanzamos tasas de secuestro nunca antes vistas. Por ejemplo, según la asociación “Alto al Secuestro”, en un total de 13 estados de México, entre diciembre de 2012 y marzo de 2018 hubo un total de 10.898 secuestros reportados.

Con estos datos, estaríamos hablando que en seis años tuvimos un total de 1, 816 secuestros en las entidades señaladas. Ese es un dato muy elevado que, como se dijo antes, afecta directamente en la percepción de la inseguridad en el país.

No obstante, vale la pena resaltar que este tipo de conductas criminales están presentes en las grandes ciudades. No son exclusivas de México y su área metropolitana.

Para dimensionar el problema es necesario conocer qué ocurre en otras latitudes. Por ejemplo, en la ciudad de Bihar en la India, donde habitan más de 10 millones de personas, tuvieron en el año 2017 un total de 3,404 secuestros reportados (tres veces más que los registrados en México en el mismo periodo).

Por su parte, en Nueva York, que tiene una población de casi 9 millones de habitantes, los índices delictivos son muy altos. Aunque en aquella ciudad que es la más poblada de Estados Unidos la actividad delictiva se manifiesta en tiroteos, asaltos y robo con violencia.

Según sus registros en 2017 hubo 290 homicidios, la cifra más baja desde 1951, cuando se comenzó a llevar un registro. Si se miden con 2016, los asesinatos en Nueva York cayeron 13,5 %, y si se equiparan con el nivel de población, la tasa de homicidios de 2017 fue de 3,4 por cada 100 mil residentes, muy lejos de los 30,7 que hubo en 1990.

En comparación con la Ciudad de México, en 2018 hubo un repunte considerable en estos delitos. En el año considerado el más violento del que se tenga registro en la CDMX se tuvo con una tasa de 14.39 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes, según cifras del Observatorio Nacional Ciudadano (ONC).

Es decir, la capital del país en su peor momento (2018) tiene mucho mejores indicadores que Nueva York en su crisis de criminalidad que se vivió en 1990. Dicho en palabras llanas, en nuestro año más violento tenemos mejores indicadores de violencia y criminalidad comparados que otras ciudades del mundo.

No se pretende justificar la actuación de las autoridades, ni hacer un llamado a la indiferencia de las personas afectadas (justificando que estamos mejor que otros países). Hay que exigir las condiciones de seguridad para todos como es obligación del Estado. Pero no está de más conocer la realidad de otras ciudades del mundo para analizar sus propias dinámicas delictivas y sobre todo, tratar de implantar sus estrategias para combatir el crimen.

Por tanto, tenemos un problema significativo de violencia e inseguridad en la CDMX, pero no tratemos de magnificar nuestra realidad. Es muy lamentable que un chico universitario haya sido privado de la vida. Nada se puede decir en torno a esa brutal tragedia. Pero en una ciudad con más de ocho millones de habitantes ese caso mediático parece minimizar los otros acontecimientos que son propios de una gran urbe.

En este sentido no hay que olvidar que en 2018 la CDMX tuvo un promedio diario de: 3 homicidios dolosos, 2 homicidios culposos, 2 violaciones, 1 caso extorsión, 103 robos con violencia, 31 robos de vehículos, 21 robos a casa habitación y 48 robos a transeúntes.

Los retos de la CDMX son muy grandes, pero hay que poner en su justa dimensión lo que ocurre. Los casos mediáticos que se magnifican con buenas o malas intenciones solo buscan tener impacto de corto plazo para el espectador. Hay que trabajar de raíz en la resolución de los problemas sin hacer alegoría de las imágenes que sirven para alborotar, pero no para solucionar.

 

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