Próximo a cumplir los 66 años de edad -13 de noviembre de 1953-, el presidente de la república no sólo “batea 300”, como afirma, sino da muestras de una energía impropia de su edad: de lunes a viernes se levanta a las 5:00 horas; a las 6:00 horas ya está reunido con el Gabinete de Seguridad; ofrece conferencia de prensa de las 7:10 a las 8:30 horas, para continuar una agenda de trabajo que le toma todo el día, y suele “dormirse temprano”, a las 23:00 horas, por lo general.

Además, los fines de semana viaja al interior del país –vía terrestre o en líneas de aviación comerciales, con pesadas esperas de abordaje en aeropuertos, firma de autógrafos y toma de selfies-, donde sostiene reuniones con los gabinetes de seguridad estatales, da conferencias de prensa, encabeza reuniones populares, pone en marcha programas y obras…

¡Que pase la receta!

Pero además, en las conferencias matutinas, acompañado generalmente por quienes integran el gabinete de Seguridad, el Presidente luce firme, de pie y solo un poco recargado en el pódium, lúcido y siempre presto a percibir cualquier señal de alerta, por mínima que sea, en las preguntas de los reporteros; sus secretarios, de edad avanzada también, denotan en cambio el cansancio.

Pero como buen mexicano –más allá de cuestiones religiosas-, López Obrador entiende que el jueves y viernes santos son días de asueto… y se fue a descansar… y con él, muchísimos mexicanos más que tememos por su salud, por su vida incluso.

Ser Presidente no es tarea fácil, ni duda cabe. Y menos cuando, como él, quiere estar en todo, sin dejar que ni un solo hilo escape de sus manos.

Para ver el efecto de ser presidente de México, basta observar fotografías del mandatario cuando toma posesión del cargo y cuando lo deja. Las canas ganan, se pierde el pelo, se pierde o gana peso y los signos de expresión se convierten en francas arrugas. De la salud, ni qué decir.

¿Por qué me preocupa la salud, la vida, de AMLO? Más allá de si comparto o no sus ideas, me preocupa observar el arrastre que tiene entre los mexicanos, muchos de los cuales le creen firmemente cuanto dice y están convencidos, como él tanto lo repite, de que los neoliberales, conservadores y conservadores disfrazados de liberales le atacan constantemente, quieren dañarlo.

Debemos analizar a fondo los riesgos que toma el propio Presidente, no solo al no contar con un efectivo equipo de seguridad y aplicar aquello de que “el que nadie debe nada teme”, que repitieron muchos que fueron asesinados, sino la carga excesiva de trabajo.

Es cierto, lucho 18 años para llegar a Palacio Nacional. De haberlo logrado antes hubiese sido presidente a los 47, 53, 59 años de edad, pero lo logró a los 65 años. Una edad que ya exige mayo reposo, menos impresiones fuertes, una vida más tranquila.

No quiero ni pensar que López Obrador enferme de gravedad o incluso muera por la excesiva carga de trabajo a que se obliga. Y sí, presidentes como Porfirio Díaz lo fueron a edad más avanzada que la suya, pero llegaron mucho más jóvenes al cargo y sentaron sus reales.  No se proponían tampoco metas tan ambiciosas como erradicar la corrupción, que dicho sea de paso, es cáncer mundial.

Que no se enferme López Obrador, pedimos muchos mexicanos, preocupados por las luchas intestinas que han caracterizado a la izquierda en México.

Que no muera, no. Porque no quiero imaginarme la reacción de los millones de sus fervientes seguidores al pensar que no murió exhausto, sino asesinado directa o indirectamente por sus opositores neoliberales.

Entonces sí, ¡que Dios nos agarre confesados!

 

✉️ dolores.michel@gmail.com

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