A solo unos días de que Andrés Manuel López Obrador hiciera declaraciones contundentes en el sentido de que “el que manda soy yo” y que lo económico dejaría de gobernar México, y cancelara el proyecto aeroportuario de Texcoco, el político se estrelló contra la realidad y México vivió un “jueves negro” la semana anterior, con el desplome del sistema financiero. Y AMLO debió recular otra vez.

De que México padece una banca extranjerizada que exprime a los mexicanos al máximo, obtienen ganancias anuales de doble dígito por tasas de interés leoninas y cobro de comisiones que no existen en otros países, ni duda cabe.

Vive la banca en México, mayoritariamente extrajera, con excepción de Banorte, en un paraíso en donde ha podido amasar enormes fortunas básicamente a base de exprimir a los cuentahabientes, entre ellos trabajadores que dependen de tarjetas de débito para cobrar sus salarios, y de algunas medianas y grandes empresas.

Pero sobre todo, amasa fortunas la banca por los cobros que realiza por servicios que en el resto del mundo son gratuitos, y que aquí se cobran.

Una injusticia tal que no podía escapar del ojo del presidente electo, que convencido de que quien gobernará México los próximos seis años será él y no quienes detentan el poder económico, mandó a Ricardo Monreal, coordinador de la bancada de Morena en el Senado, a anunciar que propondría  eliminar el cobro de comisiones bancarias, a través de las cuales la banca privada se embolsó el año pasado 149  mil millones de pesos, según el diario El Financiero

¡Y ardió Troya!

La simple posibilidad de que los bancos debieran dejar de cobrar a sus clientes por operaciones de Consulta de saldo, retiro en efectivo en cajeros automáticos internos, por no facturar monto mínimo a comercios que hacen uso del producto de terminal de punto de venta, por reposición de plástico bancario por robo o extravío, por emisión de estado de cuenta adicional y/o impresión de movimientos, por aclaraciones improcedentes de la cuenta derivados de movimientos o cargos no reconocidos, por disposición de crédito en efectivo, por solicitud de estado cuenta de meses anteriores en sucursal y vía telefónica, por transferencia a otros bancos, exitosa o no,  por el pago de servicios como agua, luz o internet, y hasta por respirar, deslomó al sistema financiero en lo que se denominó “jueves negro”.

Debieron salir al quite, de inmediato, Carlos Urzúa, próximo secretario de Hacienda, con un llamado a los legisladores a tomar en cuenta los impactos en las finanzas públicas y en la estabilidad del sector financiero de las iniciativas que presenten, y el propio Ricardo Monreal, diciendo que se  abrirá un espacio para el diálogo con el fin de enriquecer la propuesta y que buscarán una regulación justa sin radicalizar posiciones.

Sin resultar suficiente, debió salir al escenario, también, el propio López Obrador, asegurando que en el primer trienio de su gobierno no se modificarán las leyes ni se retirarán los cobros de comisiones bancarias…

La calma volvió y el sistema financiero finalmente se recuperó.

Se trató, sin embargo de una experiencia por demás enriquecedora para López Obrador, para su equipo de trabajo y para los mexicanos: el gobierno maneja impuestos pero son las empresas las que generan la riqueza, y como cualquier jefe de familia que es único proveedor, hace valer su voz ante las “amas de casa” que suelen administrar los  recursos.

Una lección que enseñó al presidente electo que el poder político no puede estar por encima del económico, imponerse a él;  que la economía tiene leyes propias que deben ser respetadas, que sin patrones que generen empleos y paguen impuestos un país se viene abajo. En síntesis, que con disposiciones unilaterales se corre el riesgo de convertir a México en una nueva Venezuela.

Ojalá y AMLO cumpla y en la segunda mitad de su gobierno sí comience a disminuir los elevados cobros que por servicios cobra la banca y que sí son un abuso, pero como  en todo, mediante el diálogo, sin imposiciones “porque mando yo”.

✉️ dolores.michel@gmail.com

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