El resto del día en que me enamoré de ti ha durado hasta hoy. Hace siente año que te quiero. Sería mentir si dijera que llegaste a mi vida sin que te esperará. Te esperaba. Te esperaba sin saberlo. Hacia ya tiempo que te había visto y nunca pude imaginarte tan nítida como aquella tarde en que me resumiste tu vida entre el tintineo de las tazas y un café que se enfriaba tan rápido como tus palabras. Cuando te fuiste apresurada no pude decirte que te llamaría. Que, aunque no lo quisiera, no podría evitarlo. Que, aunque no fuera correcto, mi corazón ya te pertenecía irremediablemente.

Tengo un amigo que dice que el corazón es un perro que se arroja por la ventana. Yo me arrojé entero. Caímos sin percatarnos en la espiral de deseo que nuestros mensajes de texto formaron. Tenias miedo. Estabas aterrada tras nuestro primer beso. Yo, calmo como siempre, intuía la condena, el precio que habría de pagar por postrarme ante quien eras; un augurio.

El número de tu departamento era el mismo de tu cumpleaños. La noche que al fin sucumbimos a la tormenta fuimos felices. Desnudos y de madrugada, nuestro abrazo habría podido derrumbar todos los montes, edificar todas las ruinas. Emancipamos todo el torrente que nos habíamos guardado y el rio que de allí fluyó duró catorce meses.

Escribí tu nombre en un crucigrama que no preguntaba por ti. Eras tú la sisma de todas mis dudas, la certeza que me asombraba. En todos esos primeros días de felicidad fuiste tú y nadie más que tú. Mi coincidencia favorita. Mi último suspiro antes de la pesadilla. Minaste mi existencia con letras y canciones, con lugares visitados e inexistentes donde después te me aparecías, cuando nos dejamos.

Ilusos. Creímos que la distancia era la cura para nuestro contagio. Creímos que amor de otras personas nos mantendría inmunes a los que fuimos antes. Estábamos equivocados. Cuatro años después volvía a ser yo para ti y tu entre todas las mujeres. La primera madrugada de un julio hicimos del amor un pokar. Nos reencontramos en el mismo lugar en el que nos habíamos despedido; nuestros cuerpos. Tu estabas herida por un hombre indeciso, ilusionada con un amor lejano. Yo estaba herido por tu olor que conserve la mañana siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.

Tras meses de asaltar mi casa para tomarme desapareciste sin decir nada. Fue tu venganza por mi anterior abandono. Pero la tersa ladera del tiempo nos hizo caer de nuevo, uno al lado del otro, meses después. Allí estábamos de nuevo, como si todo, sin nada que perder. A partir de entonces volviste a ser tú y nadie más que tú. Nos sabíamos exactos el uno para el otro, pero ya cubiertos de infortunio. La historia que compartíamos, las traiciones, los adioses, crecieron en nosotros como un cáncer de mil rostros. Silencioso. Eran demasiadas voces para ignorarlas.

Aun así, me regalaste tus mañanas para prepárate el café, las arduas jornadas para escribirte menajes inofensivos, tus tardes para leer mientras tu domabas la Mac con las yemas. Tu cuerpo preciso, la exacta armonía de nuestro deseo, la sincronía de la llegada. Tus noches para despertar a la menor provocación de un sueño intranquilo, una respiración a contratiempo, durmiendo a ratos atracado a tu cintura. Las charlas interminables. Los enojos cotidianos. Un silencio incómodo. Tus anhelos contenidos en el frágil empaque de mis posibilidades de cumplirlos. Al cabo, no pudimos mantener a flote el amor que nos quedaba. Sobra decir que naufragamos. Rotos, nos despedimos.

Me fui sin separarme de tu lado y te llevo a todas partes escrita en el extremo de una línea de sangre que del otro lado llega al corazón. Serás tú entre todas las mujeres. Lo presiento. Carajo.

Me despido de ti en público, aunque el público aquí presente no sepa quienes somos, no sepa del amor que nos urdimos el uno al otro, no sepa de las calles donde te atreviste a tomar mi mano, de las puertas que toqué para dejarte flores. Que deseo que aquel día llegue a su fin. Que todas las noches te sueño. Que tendré que dejar de dormir a partir de ahora.

 

Twitter: @achinchillas

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