El 3 de noviembre de 1957, hace 60 años, el primer ser vivo de la Tierra viajaba al espacio, a bordo del Sputnik-2. El lanzamiento realizado por parte de la Unión Soviética, conmocionó al mundo, y seguía a otro efectuado un mes antes, el 4 de Octubre de 1957,  cuando el Sputnik-1, el primer satélite fabricado por el hombre orbitó la Tierra. Con posterioridad la Unión Soviética lanzó la primera sonda lunar y el primer hombre al espacio, y efectuó los primeros intentos por alcanzar Marte y Venus. Simultáneamente desarrolló los primero cohetes balísticos intercontinentales con cabezas nucleares. La carrera espacial era la otra cara del desarrollo militar. Todos estos logros tomaron por sorpresa a los Estados Unidos, cuyos científicos debieron trabajar a marchas forzadas para ponerse a la par. Se inició así una dura competencia por la exploración espacial.

El Sputnik-2 llevaba una pasajera: la perrita Laika (que quiere decir ladradora en ruso). Según las noticias divulgadas por la Unión Soviética entonces, Laika vivió varios días en el espacio y luego murió dulcemente. La realidad fue otra. En el año 2002 Dimitri Malashenkov del Instituto de Problemas Biológicos de Moscú informó en el Congreso Mundial del Espacio en Houston, Texas, EE. UU., que la perrita Laika murió a las pocas horas del lanzamiento por las altas temperaturas y la humedad dentro de la cápsula espacial, que no se pudieron controlar desde el centro de lanzamiento. Laika no fue sólo el primer ser vivo en el espacio, fue también el primero en morir en él. Murió sola y aterrorizada inmovilizada en un espacio poco más grande que una lavadora. Después de orbitar la Tierra 2.570 veces, cinco meses después, el Sputnik-2 se desintegró al entrar a la atmósfera, llevando el cuerpo de Laika.

La muerte de Laika no era necesaria. El proyecto original contemplaba su regreso con vida, pero el primer ministro ruso Nikita Jrushchov, quería coronar el éxito del Sputnik-1 con el lanzamiento del Sputnik-¬2 para el 40 aniversario de la Revolución Rusa de 1917. Era necesario más tiempo de experimentación, pero por las urgencias políticas se terminó apresuradamente en 4 semanas, sin ensayos previos y sin ningún tipo de rediseño.

Laika no era la mascota de un general del Ejército Rojo, ni de un científico destacado, ni de un funcionario importante del Partido Comunista de la Unión Soviética: era una perrita callejera de Moscú, que buscaba alimento, afecto y juegos. Era un ser indefenso que fue elegido por su tamaño y su temperamento tranquilo. Encontró la muerte de una manera horrible. La recordamos y recordamos también que, en esta cruel sociedad desarrollada, todos somos Laika ante el poder, y que lo que éste hace a los animales lo hace también con los seres humanos. A 60 años de la muerte de Laika el mundo es hoy más desigual, más injusto y más violento. No es casual que las palabras “ética” y “moral” no estén de moda.

 

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